Una historia real que todo es mentira

2018 una historia Vicenç

 

“A reinar, fortuna, vamos; 
no me despiertes, si duermo, 
y si es verdad, no me duermas.”
― Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño 

Prólogo

Esta historia es totalmente cierta. En ella se explica como en la adolescencia se sufren las consecuencias psíquicas más que físicas de una persona con una enfermedad rara, en este caso yo mismo.
Es una historia de amor en la cual la timidez y la falta de amor propio juegan un papel importantísimo en la relación con el sexo opuesto.
De los catorce a los diecisiete años los “pájaros” en la cabeza están a la orden del día y la juventud hace que se hagan cosas que de mayor consideras que te equivocaste, pero no siempre es así.
La historia que voy a contar no tiene una relevancia extrema ni de mucha importancia más que la historia en si misma.
Los detalles y las explicaciones de los lugares son parte importante en el relato ya que ayudan a visualizar mejor el entramado.
Repito que la historia es totalmente real pero que es necesario llegar hasta el final para comprender lo que son los traumas que podemos sufrir algunos personas afectadas por Marfan.
Vicenç Guillen, un soñador.

Una historia real que todo es mentira

Un día cualquiera, antes de finalizar el curso subía por las anchas escaleras que llevan a la entrada principal de la universidad. Esas escaleras inacabables, anchas con descansillos para poder coger aire y continuar subiendo. A los lados inmensos cipreses acompañados de olmos y otros árboles y arbustos conjuntaban a la perfección con el cemento del edificio. Daba la sensación de encontrarte en plena naturaleza en medio de la urbe de la ciudad. Siempre oyendo a los pájaros y otros bichos que ocultos se les oía “hablar” entre ellos.
Normalmente utilizaba esas escaleras de forma transversal pues parecía que de esa manera me cansaba menos. De todas maneras lo hacía de dos en dos ya que mis largas piernas me lo permitían pero a veces utilizaba la barandilla que había en los laterales o en el centro de la propia escalinata para ayudarme a subir.
Muchos días coincidía con “ella” a la hora de subir y era entonces cuando la timidez asomaba a la puerta de mi mente.
No era nada del otro mundo pero esa chica tenía algo que me atraía, no lo sé…
Quizás su sonrisa bella y sincera o aquellos ojos que parecían soltar chispas…
Me volvía loco cada vez que la veía.
Era subir las escaleras, verla y aminorar la marcha para que me adelantara y así poder contemplarla.
Siempre iba acompañada de dos o tres amigas pero no se por qué, cada vez que me adelantaba se giraba y esbozaba aquella sonrisa que tanto me gustaba. Yo agachaba la cabeza, miraba hacia abajo y continuaba subiendo pero más lentamente.
¿Se habrá dado cuenta de que la miro?.
¿Me miraba a mi o miraba a otra persona?.
Estaba hecho un lio.
Mis amigos siempre esperaban bajo una de las seis columnas que sostenían el imponente saliente que tenía el edificio universitario. Un edificio de estilos modernista y románico, con una inmensa entrada comandada por unas puertas de madera noble acristaladas en la parte central y otras puertas adyacentes que llevaban a otras estancias de la universidad.
Grandes ventanales presidian la fachada del edificio y tras ellas las diferentes aulas en las que se impartían las clases de distintas materias.
– Tío, ¡donde te metes!-
– Llevamos horas esperándote, ¿entras o qué?-
-¿Que no lo ves que está enamorado de esa tía?-
– Pero, ¿Qué dices? ¡qué va!-
-Pues anda que no se te ve-
– Aparte de lo alto que eres, se te nota un montón que estas colado por esa chica-
– ¿Tanto se nota?-
– ¡Buf, tío! Pues claro-
-Anda, vamos para clase y luego hablamos-
Estudiaba segundo curso de ingeniería médico-industrial. Una carrera bastante complicada y con muchas materias pero se me daba bien.
Al salir de clase, muchos días esperaba delante de la puerta del aula para ver si pasaba. Justo aquel día ya había salido de clase según una conversación que escuché entre sus amigas. Por lo visto tenía que ir a no se donde y lo hizo antes que nadie.
Los amigos me llamaron para ir a comer al bar del campus y así, mientras tanto hacíamos planes para el fin de semana.

– Los del aula 38 y los de la 40 hablan de ir el sábado al lago para pasar el día ¿te apuntas?-
– ¿Los de la 38?-
– Si, ahí es donde va tu “amiga”¿verdad?-
– ¡Que no tío! ¡que no es mi amiga!-
– Pero te gustaría que lo fuera-
Notaba como me subían los colores y un sudor frio invadía todo mi cuerpo. El corazón me iba a mil por hora, incluso me ponía a temblar.
– ¡Tío…!-
– ¡Tranqui que te va a dar algo!-
– Es que me pongo malo. Es verla y no saber que hacer ni que decir-
-¡Joder! Que mal rollo.
-Venga. Olvidemos eso y vamos a comer-
Al lado justo del edificio principal de la facultad teníamos un bar-comedor bastante grande. La barra era de unos diez metros de largo y al fondo había un gran comedor con capacidad para unos quinientos estudiantes. Era enorme. Además, justo delante del comedor había una gran explanada con árboles y césped en donde podías montar tu propio picnic y refugiarte del sol bajo aquellos inmensos árboles. En el centro de toda aquella zona había un estanque enorme presidido por un conjunto de chorros de agua que daban al lugar una gran paz. Sólo con escuchar el agua cayendo desde una gran altura te encontrabas como en el paraíso.
-¡Tío! Allí por donde pasas todo el mundo te mira –
– ¿A lo mejor es por qué soy alto y delgado? –
– ¡Que va! Te miran por lo guapo que eres, jajaja… –
Las bromas estaban siempre a la orden del día pero nunca me las tomé a mal ya que siempre se hacían con respeto y con cariño. La amistad que nos unía iba más allá de los defectos físicos que pudiéramos tener. Edgar era un chico que tenía un poco de sobrepeso y no era por que comiera mucho. Simplemente era así. Carlos era el “guaperas” del grupo pero cojeaba ligeramente de una pierna. Era un chico alto, rubio y de sonrisa agradable, además tenía los ojos azules. Le llamábamos el “bombón”. Ricard era, por así decirlo el “empollón” del grupo. Siempre le veías con un libro de medicina o de literatura bajo el brazo. Le llamábamos el “zasca” porque siempre tenía una respuesta para todo. Luego estaba “Bra” Braulio. Un chico tímido como yo pero cuando se lanzaba no había quién lo parara. Éramos un quinteto bien avenido.
Mientras estábamos comiendo se acercó una chica. Era ella. Venía con paso firme y decidida, esbozando aquella sonrisa que tanto me gustaba.
– ¡Hola! -.
– ¿Mañana vendréis al lago? -.
– Si, por supuesto. ¿Vais vosotras también? -.
– Viene casi toda la clase -.
– ¿ Llevamos algo ? -.
– La gana y un poco de embutido, jeje… -.
– El pan y las bebidas las llevaremos nosotras -.
– Vendrán también los chicos del Goospel y nos darán un pequeño concierto -.
– Vale, guay -.
– ¿Tu vendrás también?-
Se dirigía a mí y todo mi cuerpo se erizó en un momento. Me temblaban hasta las pestañas.
– Sí, claro -.
Por un momento creí que me iba a desmayar. El entorno se quedó mudo. Los chorros de agua quedaron en silencio dentro de mi mente. Los árboles parecían que bailaban al son de mis temblores y los amigos no los veía por ninguna parte aunque los tenía a mi lado.
– Pues guay. Mañana nos vemos a las diez allí -.
– Guay, hasta mañana-.
Todo lo que dijo fue eso, “guay”. Sonaba a bandada de golondrinas entonando su canto y revoloteando todas juntas sin un destino definido.
– ¡ Despierta tío ! -.
– ¿ Qué pasa ? -.
– ¡ Joder tío ! Se te nota a la legua que esa chavala te va -.
– ¿Quieres que te la presentemos? -.
– ¿Qué dices?, ¿estás loco? -.
– ¡NO!-.
Yo quería decir SI pero no podía. ¿Y como lo hacía para poder hablar con ella?. No quería que mis amigos se metieran pero a la vez si lo quería. Estaba hecho un lio. Sabía que aquella noche no iba a dormir pensando en cómo entablar una conversación, pero mi gran timidez me haría una mala pasada. En fin. Tocaba esperar.
Amaneció nublado. Un día gris pero caluroso. Estábamos en a las puertas del verano y era normal que empezara a hacer calor. Me dispuse a preparar las cosas que tenía que llevar. Cogí la mochila roja que era una de las más grandes que tenía. Abrí la nevera y empecé a coger el embutido que encontré.

– ¡Mama! ¿puedo llevarme el jamón? -.
– Cógelo -.
– ¿ y el salchichón? -.
– También, llévalo -.
– ¿ Puedo coger el queso ? -.
– Llévate lo que quieras –
Gritó mi madre desde la terraza, donde estaba colgando la ropa que había sacado de la lavadora.
– ¡ Mamá ! ¿ Está muy nublado ?-.
– Si pero no tiene pinta de que vaya a llover -.
– ¿ Adonde vais ? -.
– Vamos al lago a pasar el día con los amigos -.
– ¿ Con que vais ? -.
– Cogeré la bici, mamá -.
– Ves con cuidado -.
Mi madre, como todas las madres siempre se preocupaba de todo lo que hacía y de una manera u otra buscaba mi protección y la de los demás.
– ¿ Y papá donde está ? -.
– Ha ido a buscar el pan para desayunar -.
– ¿ Te quedas a desayunar ? -.
– ¡ No ! -.
– Come algo antes de irte. No vayas con el estómago vacío -.
– Ya tomaré algo en casa de Carlos -.
– ¿ También va Carlos ? -.
– ¡ Siii ! Vamos todos -.
– Vale, vale -.
– Id con cuidado -.
– ¿ A qué hora vendrás ? -.
Salió de nuevo la madre protectora. Todo tenía que estar controlado y medido. En ese momento llegó mi padre.
– ¿ Adónde vas tan cargado ? -.
– Vamos a pasar el día al lago con todos los amigos de la Uni -.
– ¿ Vendrás muy tarde ? -.
– No lo sé papá -.
– Tenemos que ir a cenar a casa de Julio y María ¿no estarás? -.
– No me esperéis. Luego me quedaré aquí en casa. Estaré cansado -.
– Como quieras -.

Mi padre era un hombre tolerante, bueno pero un poco chapado a la antigua, aunque en muchas cosas estaba adelantado a sus tiempos. Comprendía muy bien a la juventud y sobretodo me entendía y me apoyaba en muchas cosas.
Bajé las escaleras corriendo y despidiéndome de mis padres. Abrí la puerta de garaje y saqué la bicicleta.
Mientras me dirigía a casa de Carlos por la ancha calle y protegida por inmensos árboles que sombreaban el asfalto de tal manera que se hacía más soportable el calor, iba pensando que le diría en cuanto la viera. No paraba de darle vueltas a la cabeza. Era más fuerte que yo. Esa chica me había trastocado hasta la médula.
Lo más curioso de todo es que era el único que la encontraba atractiva. La verdad sea dicha que la chica no era nada del otro mundo. Más bien bajita y ligeramente llenita pero sin perder la figura. El pelo castaño claro, muy claro. Casi rubio. Un poco rizado, pero su sonrisa… Su sonrisa era impresionante. Sus ojos eran preciosos. Llenos de vida y mirada tierna.
No podía dejar de pensar en ella.
Al llegar a casa de Carlos encontré su bici apoyada en el porche de la casa. Una casa grande de dos plantas y rodeada de árboles y pequeños cipreses con un jardín que adornaba la entrada.
Llamé a la puerta y grité su nombre.

– ¡Carlos!-
abrió la ventana de su cuarto y me dijo…
-¡ Ahora bajo ! ¡ Un momento !-
Salió con una mochila enorme y llena de cosas.
-¿ Que llevas ahí, tío ?.
-! Yo que sé ¡ De todo; patatas fritas, ganchitos, latas de mejillones, berberechos, jamón, queso, latas de coca-cola, fanta… Todo lo que he podido pillar-.
-! Tío ¡-
Le dije…
– Vamos a pasar el día, no toda la semana, jajajaja… –
Mientras nos dirigíamos a buscar al resto de amigos íbamos hablando de lo que podríamos hacer allí una vez estuviéramos situados.
-¿ Llevas el bañador puesto ?-.
– Si pero no creo que me bañe-.
– ¿ Y por qué, tío ?-
– Yo que sé. Me da corte-
-! Que pasa ¡ Estamos nosotros y somos colegas, ¿no?-
– Si pero me da cosa, no sé. Ya veremos-.

La verdad es que me daba muchísima vergüenza que me vieran sólo con el bañador. Delgado, desgarbado, con aquel pecho que parecía la quilla de un barco. Estaba horrorizado, además estaba “ella”. Que diría si me viera de aquella manera. Me moriría.
Fuimos poco a poco recogiendo a todos los amigos y enfilamos la carretera hacia el lago. Era una carretera poco transitada por coches lo que nos facilitaba el recorrido sin correr el peligro de ser arrollados por cualquier vehículo que circulase por allí. Rodeada de un inmenso bosque y pequeños senderos que llevaban hacia su interior, la carretera se hacía cómoda para circular en bicicleta.
A los pocos kilómetros y a la derecha había una carretera sin asfaltar que llevaba hasta el lago. Un lago enorme rodeado de un inmenso bosque y de altísimas montañas por las cuales y en la parte baja de ellas circulaba una línea ferroviaria. Todo en conjunto le daba una gran belleza al paisaje. Una parte del lago tenía una pequeña playa de tierra muy fina con espacio suficiente como para que la gente la utilizara sin molestarse los unos a los otros. En esa zona, la profundidad del lago era escasa y te permitía el baño sin ningún peligro, además habían zonas ya preparadas con bancos y mesas para poder comer. Incluso habían dos refugios comunales que se podían utilizar para guarecerse de la lluvia o del frío. Todo en conjunto era muy pintoresco.

-¡ Hola gente !-.
-¡ Hola tíos !-.
-¿ Ya estamos todos ?-.
Dijo Bra al darse cuenta de la cantidad de gente que había allí.
– Creo que todavía falta alguno pero estamos casi todos-.
-¿Alguien se apunta para ir a la roca a saltar?-.
La “roca” era un saliente rocoso que, desde su parte más alta permitía saltar al lago en dónde la profundidad era considerable y no se corría el peligro de tocar fondo.
– Ahora vamos -.
– ¿Te vienes tu ?-.
– Yo no. Me quedo aquí y descargaré las cosas de las bolsas y las mochilas-
– ¿ Y vosotros venís? -.
– Yo si vengo -.
– Yo también -.
– ¿ Y tu Ricard, te vienes ? -.
– No, me quedo con él y así le ayudo -.
– ¡ Bah ! ¡ Sois unos caguetas ! -.
– ¡ Iros ya y dejadnos en paz ! -.
Ellos se fueron y quedamos Ricard y yo para vaciar las bolsas y demás cosas.
– Gracias Ricard por quedarte conmigo -.
– ¡ Que dices tío ! -.
– Yo también tengo miedo a saltar desde allí -.
Estábamos vaciando y ordenando todas las cosas que llevábamos cuando de repente oímos como alguien gritaba…
– ¡ Holaaaaa ! -.
Era un grupo numeroso de chicas y chicos que llegaban juntos… y allí estaba “ella”. Sonriendo como siempre. Dejaron las bicicletas al lado de las nuestras y se acercaron a nosotros.
– ¿ Que tal ?-.
– ¿ Como estáis ?-.
– Pues mira, aquí, intentando poner orden en este caos de comida que hemos traído –
– ¿ Os podemos ayudar ? -.
Dijo ella con aquella sonrisa cautivadora.
– Pues claro que podéis ayudar -.
Contestó Ricard mientras yo me quedé paralizado y embobado mirando a ella, al suelo, a las nubes, a los árboles… No sabía hacia adonde mirar. Me devoraba la timidez, la vergüenza. Quería que apareciese un cocodrilo, un caimán o una enorme serpiente y se me tragara. El problema es que en el lago no habían más animales que nosotros y algún que otro pequeño pez.
– Hola, ¿te ayudo?-.
– Si tu quieres…-.
“Si tu quieres”. No se me ocurrió otra frase más tonta y más estúpida que esa, “si tu quieres”. ¿Es que no tenía más vocabulario que ese?.
– ¿Abrimos una bolsa de patatas y nos la comemos ?-.
– ¿ Si tu quieres ? -.
¡ Por Dios ! Que mal lo estaba pasando.
– ¡ Venga ! -.
Empezó a hablar y hablar., a contarme cosas de la uni, de las amigas, de su casa, de su vida y poco a poco empecé a coger confianza e incluso a hablar con algo más de coherencia y reírme con ella.
Mientras, Ricard seguía repartiendo toda la comida y la bebida encima de una de las mesas que habían en la explanada.
-¿ Queréis que vayamos a ver a la pandilla del coro de goospel a ver si cantan algo? -.
– Son geniales, ya lo veréis –
– Id vosotros. Yo me quedo aquí y mientras tanto me daré un chapuzón en el agua -.
– ¿ Vamos tu y yo ?-.
Extendió la mano como queriendo que se la cogiera pero me daba reparo hacerlo. No sabía exactamente si ese gesto era de verdad o era un gesto para animarme a que la siguiera, pero no era así. Realmente lo que hizo fue cogerme de la mano y literalmente arrastrarme para acercarnos al grupo del coro.
Con una sonrisa en los labios me invitó a que la siguiera y nos acercamos al grupo.
– ¡ Hola chicos ! -.
– ¡Hola ! -.
Exclamaron todos más o menos a la vez.
– ¿Vais a cantar alguna cosa o qué? -.
– ¿ Nos queréis oír ?-.
– No estaría nada mal -.
-¡ Mira ! -.
Me dijo ella…
– ¿ Ves esa chica de color ?. Pues tiene una voz increíble. Es de Nueva Orleans pero hace años que vino aquí con sus padres. El padre es un jefazo de la fabrica y lo trasladaron aquí. Se han adaptado muy bien y están súper contentos, Se llama Annie Peterson y está en mi clase -.
Era una chica alta, esbelta, de ojos negros y pelo algo rizado. Tenía una boca enorme y un ademán simpático. Se la veía agradable.
– Siéntate aquí, por favor -.
Me señaló el lugar adonde quería ella que me pusiera.
– ¿Aquí?-.
Dije yo.
– Si, pero abre las piernas y me sentaré en medio si me dejas -.
– ¡ Claro !-.
¿CLARO?. Aquello no estaba claro. Vale que me cogiera de la mano y me acercara al grupo. Vale que sonriera cada vez que me miraba con aquellos ojos, pero… Sentarse en mi regazo era… ¡ era…!.
-¿ Si tu quieres…?-.

¡Por Dios!. Los nervios volvieron a salir. Temblaba como un flan. Si en aquel momento me hubieran pinchado no me sacaban sangre.
Estaba completamente pillado. No sabía como ponerme. Apoyado por la espalda en uno de los bancos de piedra y ella recostada en mi hombro y cogido de una mano, cuando de pronto empezaron todos a dar palmadas al unísono y a ritmo musical.
Fue entonces cuando Annie empezó a cantar con una voz suave y dulce que poco a poco siguió aumentando de tono y de fuerza siguiendo el resto de los componentes con diferentes voces que, al conjuntarse formaron una melodía que ponía la piel de gallina. Era impresionante.
Aquella chica tenía una voz portentosa. Era alucinante. Me quedé extasiado.
Mientras tanto, nosotros seguíamos sentados escuchando cuando finalizó la canción nos pusimos a aplaudir y gritar como locos.

-¿Te ha gustado?-.
-¡ Ha sido bestial!-.
– Me miró con aquellos ojos tiernos y aquella sonrisa encantadora y me dio un beso en la mejilla -.

¡ Madre mía, madre mía, madre mía!.
¡ Madre mía, madre mía, madre mía!.
¡ Madre mía, madre mía, madre mía!.
Ya podía morirme.
De golpe todo el paisaje aumentó de color. Los pájaros cantaban con más fuerza. El sol calentaba mucho más…
Y yo no sabía dónde ponerme.
Volvió a mirarme, sonrió y apretó su cabeza contra mi hombro a la vez que me cogía la mano jugando con mis dedos.
¡ Estaba en el Paraíso!.
Era increíble. Una chica estaba en mi regazo jugando con mis largos, deformes y delgados dedos y no le importaba nada mi físico.
No hizo nunca mención de mi altura ni de mi delgadez. No hizo nunca ningún comentario despectivo sobre mí. También es verdad que no dijo nada de que fuera guapo pero bueno, eso era evidente o al menos lo creía así.
Ella me miraba de otra manera. Aceptaba como era y parecía que le gustaba.
Mientras tanto, el coro seguía cantando y buscando ritmos utilizando las manos, las piernas los pies… y sonriendo continuamente.
Me lo estaba pasando genial
Jugaban entre compases de las canciones con sus manos entre ellos, haciendo que todo en conjunto sonara brutal.
Mientras tanto ella seguía echándome miradas tiernas y sinceras cuando de pronto volvió a darme otro beso en la mejilla.
Fue entonces cuando me lance y quise darle yo otro en su mejilla pero no fue así.
No me dejó.
Giró su cara y los labios se cruzaron entre sí…
Y nos besamos con un beso de amor.
Estaba en el cielo. Era la persona en aquella zona… que digo en aquella zona., en todo el mundo, en todo el universo más feliz.
En aquel momento ya no escuchaba aquellas increíbles voces del coro, ni tan siquiera oía a Annie Peterson con aquella portentosa voz, ni escuchaba el canto de los pájaros ni de aquella pandilla de locos que se tiraban desde la roca. Siendo la hora que debía ser, ni siquiera tenía gana ni sed ni nada de nada
Nada
Nada y todo.
Estaba embelesado, anonadado, atontado. Incluso, en algún momento creí que me iba a desmayar. Todo era fruto de los nervios. Mi corazón palpitaba con una fuerza infinita y en el estómago mariposas. Quizás si que era hambre pero me daba igual. Me daba igual todo.
Era feliz. Era el chico más feliz.

-¿Qué os parece si antes de comer nos damos todos un chapuzón?-.
Todos y al unísono dijeron que si… menos yo.
-¿Qué no te quieres bañar?-.
-Si… no… no sé-.
-¿No sé?-.
Dijo ella mientras se sacaba la ropa y las zapatillas de deporte.
-¿Qué pasa?-.
-¿Te da vergüenza o qué?-.
-Un poco de corte, si-.
-¿Por qué?-.
-¿Es qué no me ves?-.
-Soy delgado y tengo un bulto en el pecho que me da corte que se vea-.
-Pues yo te veo bien-.
-¿Qué importancia tiene?-.
-¡Venga va!-
-Quítate la ropa y al agua que nadie te dirá nada y yo tampoco-.
Me fui quitando las gafas y la ropa lentamente y mirando a los lados para que nadie se fijara en mí, mientras ella ya estaba en la orilla esperándome.
-¡Vamos!-.
-¡Ya voy!-.
No sin el reparo de que alguien me viera solamente con el bañador, me acerqué a la orilla mientras ella me esperaba con su sonrisa en los labios y una mano extendida para cogerme de ella.
Entramos los dos juntos, cogidos de la mano reparando en el hecho de que el agua estaba algo fría.
-Está fría, ¿no?-.
-Está fresquita pero ya verás que enseguida no lo notarás-.
No hizo comentario alguno sobre mi delgadez ni sobre mi defecto físico del pecho.
-Tírate de cabeza como yo y así el frio pasará más rápido-.
Inmediatamente de decirlo, se tiró de cabeza y surgió de debajo del agua pasando sus manos por el pelo y la cara con su eterna sonrisa.
-!Vamos¡-.
Me tiré lo más rápido que pude y al surgir de debajo del agua di unas brazadas hasta que el agua me llegaba casi al cuello.
-¡Espérame que voy!-.
Gritó ella mientras nadaba hacia mí.
Al darse cuenta de que la profundidad que en aquella zona era mayor que la de su estatura, se hundió levemente y agarrándose a mi hombro dijo…
-¡Aquí me cubre y no toco el fondo!-.
-No te preocupes y cógete a mí-.
Se abrazó a mi cuerpo sin reparar ni en mi delgadez ni hacer ningún tipo de comentario. Únicamente me hizo un largo beso de amor y me preguntó…
-¿Eres feliz?-.
-¡Soy muy feliz!-.

Fue maravilloso. Quizás, en parte esperaba que algo sucediera pero no de esa manera. Era algo impensable para mí que aquel día se convirtiera en el “mundo fantástico”. Un día para recordar toda la vida. Un día que no olvidaría jamás.
La tarde transcurrió de forma alegre y divertida. Comimos más o menos junto con el resto del grupo de amigos. Hablando, comiendo, riendo y cantando todos juntos. Yo me senté al lado de ella sin repara en mis amigos de clase pero con las miradas nos entendimos perfectamente y en ningún momento nadie se lo tomó a mal. Todo lo contrario. Estaban contentos conmigo y me apoyaron en el hecho de sentarme junto a ella y no con ellos.
Pero llegó el momento de recoger las cosas y limpiar la zona. Todos juntos lo hicimos y dejamos todo el lugar tal y como lo encontramos. Fue entonces cuando le dije…
-¿Puedo acompañarte con la bici a casa?-.
…y me dijo…
-¡No!-.
-¿No por qué?-.
-Pues porque nos tenemos que despedir aquí-.
-¿Aquí?-.
-Pero ¿Por qué aquí?-.
-Porque yo no existo en realidad-.
-¿Cómo que no existes?-.
-No, no existo. Soy una invención de tu mente. Estas dormido y estas soñando con todo este mundo, este lugar, esta situación-
-Nada es verdad de lo que te ha sucedido hoy-.
-Pero…-.
-¡No puede ser!-.
-Tu estas aquí conmigo y yo contigo-.
-Si, pero nada de esto está ocurriendo y dentro de muy poco te vas a despertar y en ese momento yo desapareceré de tu vida para siempre-.
-¡Pero eso no puede ser!-.
-Tiene que ser así. Hoy ha sido un día muy feliz tanto para ti como para mí y debes recordarme con una sonrisa en los labios. Debes saber que he querido que vieras que la felicidad también se encuentra en los sueños y que soñar es algo que puede hacer cambiar la vida a las personas-.
-Quiero que sepas que te he querido mucho y que no me ha importado para nada tu físico. He leído en tu corazón y eres una persona buena, sencilla y cariñosa. Con eso te has de quedar-
-¡Pero yo no quiero despertarme nunca!-.
-Debes hacerlo y debes recordarme como quieras hacerlo. Yo no te olvidaré jamás y si en algún lugar existe un mundo de sueños, allí te esperaré. Siempre me recordarás y nunca, nunca, nuca me olvidaras-.
-Adiós, te quiero-.
-¡No te vayas, por favor!-.
-¡Te quiero!-.
-Yo también a ti-.

Poco a poco, su imagen se fue difuminando y desapareciendo mientras ella, con su eterna sonrisa y lanzándome un beso con la mano… desapareció.
Inmediatamente después y dando un salto en la cama desperté agitado, exaltado, nervioso. Intenté volver a dormirme pero fue imposible. No podía.
Intente recuperar la imagen de “ella” pero todo era en vano.
No supe ni su nombre. No tenía ni idea de cómo se llamaba. Jamás en todo el sueño la nombré. No tenía identidad pero entre lloros la recordaba.
Lloré y lloré. Lloré lo que nunca había llorado y estuve un largo tiempo mal, deprimido y aunque sabía que todo era un sueño, quise creer que en parte ese sueño tenía algo de realidad. Sostuve que existía un mundo paralelo al de la realidad en la que vivimos y que en ese otro mundo sucedían cosas que ni uno mismo tenia previsión de lo que iba a suceder.
“Ella´” tenía toda la razón. Después de más de cuarenta años de ese sueño, todavía la recuerdo y la sigo teniendo en mi mente mientras estoy despierto, pero jamás he vuelto a soñar con “ella”.
Los sueños son el reflejo de nuestras frustraciones, nuestros problemas o nuestros éxitos en la vida. Nunca pueden controlarse. La mente esconde historias que a veces son buenas y otras no tanto, incluso pesadillas de las cuales no encuentras explicación pero si que tienen un sentido de suceder.
Soñar no cuesta nada, dicen, pero en realidad no todos recuerdan lo que han soñado. Incluso hay gente que dice que no sueñan pero en realidad si que lo hacen pero no pueden expresarlo.

Jamás os olvidéis de soñar. Nunca se sabe.

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