Hay un cristal en mi queso

queso-cristal¿Conocen esos chistes que empiezan: “camarero, hay una mosca en mi sopa”? El título de la entrada de esta semana es un poco como ese chiste. Fuimos a comprar un tarro de queso para untar, y al abrirlo nos encontramos con que dentro había un cristal que fue a parar ahí por mil posibles razones. Lo importante de esto no es el queso desperdiciado, ni el potencial peligro del cristal dentro, lo curioso fue que, una vez evaluada la situación, decidimos que lo mejor era no hacer nada. Hoy os hablaré sobre la indefensión aprendida.

Al fastidio de tener que ir de nuevo al centro comercial hay que sumar la extrañeza del asunto, que hará que la dependienta o el dependiente nos mire con no muy buenos ojos. Es un mal menor, y el coste económico no es lo suficientemente importante como para que cada vez que compremos allí se nos recuerde como los que reclamamos un tarro de queso. “Los del tarro de queso, esos inadaptados problemáticos…”

La historia da pie a comentar las similitudes que existen en nuestra vida diaria que hacen que tengamos que decidir si merece la pena luchar por lo nuestro, por nuestra calidad de vida y por nuestros derechos. Las dificultades asociadas a las enfermedades poco frecuentes no sólo limitan nuestra actividad física, también minan nuestra confianza, y sin ella, hay muchas cosas que nos cuesta enfrentar. Lo váis a entender mejor en este video. Está en inglés pero subtitulado, y es de tan sólo 4 minutos de duración.

Asusta saber que somos tan vulnerables, pero es necesario darse cuenta de nuestras vulnerabilidades para poder superarlas y surfear la ola, como nos contaba Gloria la pasada semana.

Cuando por motivos asociados a nuestras afecciones, nos sentimos como calculadoras a las que le falta la tecla del número tres, lo que tenemos que hacer no es dejar de calcular, sino buscar otras combinaciones de teclas que nos permitan seguir haciendo operaciones. Dos mas uno es una buena solución, pero ciertamente esto es más complejo. Es lo que toca. Nos falta el número tres. La ausencia de esta tecla nos hace ir más lentos en los cálculos y ese trabajo extra se nota en nuestro ánimo. Comparada con otras calculadoras, la nuestra motiva menos a hacer cálculos, y puede darse el caso de que perdamos la pasión por los números.

Cuando abandonamos, perdemos, de alguna forma morimos un poco. Si no lo intentamos, es seguro que no lo conseguiremos, y está en juego nuestro futuro. Levantarse por las mañanas, perseguir nuestras metas, ser mejores, depende no de nuestras capacidades, sino de nuestra actitud. No podremos lograrlo todo, pero podemos aspirar a sentirnos completos, tan sólo si somos conscientes de cuáles son las trampas mentales que nosotros mismos nos ponemos delante y a las que nos aferramos en el día a día. Como en la fábula de la zorra y las uvas, estas cosas distorsionan nuestra realidad y nuestras capacidades verdaderas.

Decía que desistir es como morir un poquito, yo prefiero revelarme. Como propone el poema de Dylan Thomas: «No entres dócilmente en esa buena noche. Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.» A veces a uno se le va un poco la mano, pero creo que es mejor pasarse que no hacer nada. Revelarse porque no nos apetece salir a la calle, porque no estamos con humor para cumplir con nuestras tareas, porque el sistema de salud no es lo suficientemente solidario con nosotros, porque… pon tú la excusa.

Asistía esta semana a unas conferencias en la URU, en Maracaibo, organizadas en torno al día del psicólogo, y ahí escuché la metáfora de la calculadora que expuso la psicóloga Anais Urdaneta. También escuché la exposición de la psicólogo, educadora, y colaboradora de MML Karleana Semprún (Madurez Escolar). Habló sobre educación, y alguien del público hizo una pregunta muy práctica tras su intervención. ¿cómo podemos involucrar a los padres en el proceso educativo de sus hijos? La respuesta de Karleana aplica también para las enfermedades poco frecuentes: “La mejor manera es con el ejemplo. El proyecto educativo debe funcionar para motivar a los padres.” A menudo olvidamos esto. No sómos entes aislados, para bien o para mal, la gente nos observa con atención, y somos ejemplo para otros que se miran y se ven reflejados en nosotros. En el mundo de las enfermedades poco frecuentes, nuestra actitud es el mayor recurso que tenemos para prestar ayuda, y es por eso que debemos ser responsables con nosotros mismos. Busquemos la felicidad, porque como le dijo una vez un chiquito a Karleana: «Una tortuga felíz nunca se esconde».

Yo voy a empezar por descambiar mi queso. Por algún sitio hay que empezar.

Esta entrada fue publicada en Opinión y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Hay un cristal en mi queso

  1. María Julia dijo:

    No sé porqué será pero no me niegues algo. Haré lo imposible para demostrar que valdrá la pena intentarlo siempre, no sólo para mí sino para todo el que necesite algo. Tortuga feliz o infeliz nunca esconderse, esa es la cuestión. Gracias por esta inyección de energía.

  2. Marie dijo:

    Jajaja. Intentaré desaprender muchas cosas. Me gustó mucho, esta reflexión. Felicitaciones.

  3. Pingback: Seis virtudes: Coraje | Mundo Marfan Latino

  4. Pingback: Criticando | Mundo Marfan Latino

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s