Nido vacío

A mi pajarito, Carlos Augusto.

No logré conciliar el sueño. Mi mamá, que me había ido a acompañar en aquel momento tan crucial, dormía profundamente. Hace 27 años no había celulares, mensajes de texto, twitter, ni facebook, así que me tocó contar las horas que faltaban para el amanecer y así poder empezar a llamar a mi gente y contarles que mi príncipe había nacido.

En la mañana lo trajeron. Lo cargué, conté sus deditos, me quise aprender de memoria sus facciones. Pensé que era perfecto (aún lo pienso). Lo miré largamente y tuve la mayor certeza de mi vida. Entendí que aquel camino, que apenas comenzaba, era para siempre; sin vacaciones, sin días libres, sin horario. Ese día entendí lo que significaba compromiso.

Creció rápido, más de lo que me hubiera gustado. Creyones, Legos®, carritos, cuentos y aquel caballito Fisher Price® al que desgastó las ruedas, fueron quedando atrás. Creció, y aquél bebé que se entretenía lanzando sus juguetes fuera del corral para que yo los recogiera una y otra vez, de pronto era un universitario. Supe que era un hombrecito cuando tuvo que lidiar con la incertidumbre de mis cirugías de corazón; debe ser muy jodido despedirse de mamá cuando no sabes si regresará del quirófano… En mis recuperaciones, largas y accidentadas, mostró una paciencia y dulzura inusual. Siendo hijo único muchas cosas giran en torno a él, sin embargo en esos días me enseñó cuánto había crecido, cuánto había madurado.

No puedo quejarme, ha sido fácil ser su mamá. Ha sido estudioso, cumplido, puntual, ordenado (sigo pensando que es perfecto), y para coronar ha tenido éxito en su trabajo… a 900 kilómetros de casa. Si cuando nació conocí el compromiso, su partida me enseñó lo que era la tristeza y la soledad. No escuchar la puerta de su cuarto, ni que se acostara en mi cama a hacerle cariños a nuestra perrita, no oírle tocar su guitarra eléctrica, ni la pregunta obligada ¿qué hay de comer? … Después de su partida solo quedó el silencio y ese pedacito de cielo con cuatro patas que es mi mascota.

Su ida coincidió con el mes de agosto, el mes más largo de mi vida. De vacaciones, y sin tener en qué entretenerme para lidiar con la soledad, viví mi tristeza, mi “duelo”, eso que los colegas llaman el “Síndrome del Nido Vacío”. La tristeza era tal que físicamente me dolía, lloré como nunca aunque sabía que él estaba en la mejor compañía, y sobre todo tenía la certeza de que había tomado una decisión acertada y que estaba aprovechando una oportunidad de oro en medio de la inestabilidad económica y política de mi país. Él estaba construyendo su futuro. Finalmente se acabaron las vacaciones y, con la ayuda de la rutina y mi mascota, aprendí a lidiar con su ausencia.

Nuestra relación ha cambiado mucho. Recuerdo cuando alquiló vivienda por primera vez; él me contaba por teléfono sus diligencias y en mi cabeza yo seguía viendo aquel chiquito de tres años paseando en su caballito Fisher Price®. Nuestras conversaciones incluyen ahora temas tales como la receta de las arepas o la del arroz, y los regalos pasaron de juegos y celulares a utensilios para la casa.

Debo reconocer que he corrido con la suerte de tener un hijo “sano”. Imagino que cuando el hijo que asume su independencia es afectado de una enfermedad como Marfan, se añade a la tristeza la angustia de pensar en su bienestar físico. También es cierto que las madres generalmente pensamos que los chicos son menos maduros y hábiles de lo que en realidad son. Nosotras, con o sin condiciones que afecten nuestra salud, no duraremos para siempre, por ello es tan importante criarlos para ser responsables de sí mismos.

Hoy por hoy, me siento muy orgullosa de mi hijo y doy gracias por haber tenido la oportunidad de verlo crecer y hacerse un hombre de bien. Mi pajarito levantó vuelo y en mi nido estoy yo, feliz de recibirlo cuando regresa.

Acerca de Gloria Pino Ramírez

Venezolana. Psicóloga con Especialización en Metodología de la Investigación, Maestría en Psicología Clínica y Doctorado en Psicología. Viviendo con Síndrome de Marfan y trabajando por las EE.RR en Iberoamérica.
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7 respuestas a Nido vacío

  1. Tiba dijo:

    Linda historia, especialmente para los que te conocemos como madre desde que tu pajarito daba sus primeros pasos…por ahora yo disfruto de mi niña, esperando para ver que pasa cuando levante el vuelo.

  2. Vivian dijo:

    Que bello todo lo que escribes sobre tu hijo y tu relacion con el. Me siento muy identificada con tu historia, mi hijo mayor de 19 anios se fue a la Universidad de Florida, en Gainesville a 5 horas del nido; lo extrano mucho, mucho, mucho. Te entiendo perfectamente. Recibe un fuerte abrazo.

  3. Marie dijo:

    Bello relato de vida¡¡¡ Disfruta.

  4. Guille Gelpi dijo:

    Hermoso resumen de una historia de vida, vaya mi especial afecto a esa madre tan dedicada, y a ese hombre tan especial en la vida de ella…..exitos en sus vidas….(gracias por compartir)

  5. cristina diaz cerri dijo:

    GRACIAS GLORIA PINO!!!!! DE CORAZON.

  6. Aloha Arceo dijo:

    Hola Gloria, mi hija apenas tiene 10 años, pero se me han salido las lágrimas de pensar en cuando a mi me toque!! Aun no estoy preparada!! Estoy segura que Dios sabia muy bien que hijo darte!! y de añadidura a él que tuviera una madre como tú!! Eres una mujer esplendida y que mas que agradecer que hayas compartido tus experiencias para prepararnos cuando nos toque vivir “El nido vacio”, lo que mas me parece valioso es recibirlos de nuevo pero siendo nosotros Felices!!

  7. Pingback: El cóndor pasa | Mundo Marfan Latino

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