Pies de gancho

Como pirata debía verme mi abuela, o eso quiero yo creer, cuando tropezaba con los muebles de su casa y me gritaba “tienes pies de gancho”. Eran mis pies algo así como garfios que se enganchaban en cualquier pata de silla, mesa o similar que se interpusiera en mi camino.

El artículo de esta semana es un, a veces entrañable, otras odioso, recorrido por esos momentos en los que los Marfans somos el punto de mira de amigos y familiares por nuestra torpeza o habilidad. No sé si esto servirá para quitarle hierro al asunto y hacer más llevadera nuestra existencia, pero seguro que en más de una ocasión te vas a sentir reflejado en estas vivencias, y puede que, con el tiempo, te eches unas risas.

“Si tropiezas con el dibujo de las alfombras”, -como decía mi amiga Ale en uno de sus escritos humorísticos sobre nuestros “primos” de SED-, si te pesan los pies como si el calzado que usas es el de un buzo de los de “20.000 leguas de viaje submarino” tú no eres torpe, es lo que nos ha tocado en suerte con el Marfan.

Para que los pies de mi hermano y mios tuvieran estabilidad, a mi padre se le ocurrió la feliz idea de ponernos a ambos botas militares a los 6 y 8 años respectivamente. Eran botas con puntera reforzada. Llegar al colegio con aquellas botas era como caminar bajo el oceano. No es de estrañar que nos durmiésemos en clase. Cuando aquel invierno a mi madre se le ocurrió hacernos unos abrigos largos para el frío con aquella tela de pata de gallo y forro la sensación de inmersión subacuática fue total. Todo aquel peso sobre nuestros hombros, y el contrapeso en los pies… Lo bueno de todo esto es que uno podía tropezar y caer con la seguridad de que iba a estar bien protegido. “Tronco va…”

El colegio da para mucho en la vida anecdotica de los afectados por Marfan. ¿Adivinan dónde nos colocan en las fotos de grupo? Junto al maestro, claro, atrás de todo.  En clases, también atrás, no sea que tapemos la visión a los compañeros. ¿Y a quien llaman para borrar el encerado? Pues al más alto.

Nosotros, los primeros en ser elegidos para el basket, hasta que se dan cuenta de lo patoso que somos. La educación física da para un artículo a parte. ¿Qué cosas te han pasado a ti en la escuela? Cuéntanos.

Lo bueno de todo esto es que te permite entablar conversación con desconocidos. “Qué alto eres”, “¿Juegas al baloncesto? (basket)”, “qué dedos tan largos para tocar el piano” (-a ti te tocaría yo, la cara a lo lobezno, so obvio, -piensas). Si lo sabes llevar bien, mira, es una vía para hacer amigos, pero como seas algo anacoreta… estás vendido.

En casa no nos va mejor. Los marcos de las puertas nos devuelven a la realidad cuando nos olvidamos de ellos y pasamos de una habitación a otra sumidos en nuestros pensamientos. Es el “clonk” de la revelación que retumba en tus cervicales. En ese momento te llevas las manos a tu enrojecida frente y dejas salir de tu boca un “ahí va”, como si te acordases de algo que no debiste olvidar.

Yo opté por poner marcos nuevos más altos en casa, pero mi cubo de la basura está justo debajo del pico de un mueble que me la tiene jurada. Cuando menos lo espero me deja saber que esta ahí mediante el correspondiente chichón.

Ser alto te da cierta perspectiva, siempre que tu agudeza visual te lo permita. En cine y espectáculos no tienes obstáculos que se interpongan, aunque a los demás les solemos resultar como un muro infranqueable. Nuestras madres, a las que no se les escapa nada, han sabido sacar buen partido de ello desde nuestra más tierna infancia: “alcánzame eso que está ahí en el altillo, que yo no llego”. Y bueno, no se si eso compensa. 😉

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2 respuestas a Pies de gancho

  1. Tal cual tal cual bada, y aunque no tenga gracia, me hiciste reir…
    un abrazo amigo

  2. silvia dijo:

    Entrar al cine con Juano …te odian antes q te sientes.
    a veces sirve p vengarte de los molestos,le pones al “niño” adelante.

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